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  • Per Marcellí Ribes Santamaria

Suburbia

Actualitzada 28/08/2019 a les 10:18
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La lluvia anegaba lentamente el corazón. Era una sensación casi olvidada que volvía al ritmo suave de las gotas de agua que repiqueteaban en el cristal, sigilosas, estallando una y otra vez. El vaho empezaba a redondear poco a poco los cuatro ángulos del ventanal y la avenida, afuera, parecía suspenderse en una neblina de cuento de hadas. En el bar, la atmósfera cálida provocaba el sopor, la nostalgia del cielo azul, sin nubes, y del estrépito del sol ante nuestros ojos... Eran los días calurosos, diáfanos, de sus pies de charol recorriendo las losas resplandecientes de la avenida, como siempre a primera hora de la tarde cuando nos cruzábamos casi invariablemente en el tercer semáforo. Entonces, sus ojos de verde inmenso parecían alentar aún más el cielo limpio y sereno, aunque solo fuera un momento, y después me quedaba la angustia de ver su cuerpo frágil desapareciendo entre la gente. Por fin, una de esas tardes radiantes esperé a que empezara a cruzar la avenida y me abalancé sobre ella simulando que tropezaba en las líneas cebra: quizás la golpeé demasiado fuerte, pero ella me sonrió al recoger su revista abierta contra el suelo, empezando el juego. Y, por fortuna, este siguió un día y otro más, sin pausa, como la melodía de los murmullos que desde las otras mesas acompañaban el atardecer enfermizo, de luz cenicienta. Incluso el rumor del tráfico era más débil que de costumbre, más lejano, como un fragor que se pierde más allá de una habitación contigua. El aroma caliente del café con leche ascendía hasta mi rostro en una caricia placentera y las horas de feliz recuerdo se iban repitiendo en la memoria, casi sin pretenderlo, desgranándose como las gotas de lluvia en el ventanal. Enfrente, la avenida se llenaba con los innumerables puntos de las luces traseras de los automóviles, del rojo velado de sus labios al sol de entonces, cuando el buen tiempo. Presentí que este iba a cambiar al cruzar el largo puente por enésima vez, porque había que hacerlo para nutrirnos de sueños, para arrancar la tristeza del corazón, para no olvidar los ingenuos colores, limpios y trémulos al otro lado de las aguas cuando el mediodía se desparramaba en el verdor de los jardines, el iris del tráfico o el destello fugaz, hiriente, de los edificios de cristal. Sin embargo, en nuestra orilla lánguida, el gris mezquino de la corriente inundaba las calles rotas y la cegadora luz del día nos mostraba con crudeza el claroscuro de los containers siempre llenos y las ennegrecidas fachadas de los interminables bloques de pisos. Era el gris oscuro de la periferia, el de la agonía, el mismo de las pisadas borrosas que partían de la puerta del local y llegaban hasta la barra. Cuando alguien entraba, la escasa luz del día hacía que despidieran un brillo mortecino que volvía a desaparecer al cerrarse la puerta con un ligero chasquido. Cerca de mí, el camarero recogía las mesas vacías con un gesto cansino, tanto como la misma tarde, mientras canturreaba, una y otra vez, el estribillo de una canción de moda. Ella llegaría de un momento a otro, pensé, pero entre los rótulos blancos del cristal el cielo se mostraba cada vez más amenazador y oscuro, como un mal presagio. Los grandes edificios se recortaban tenuemente entre la fina lluvia que no cesaba de caer y casi podía adivinar el sonido del agua derramándose desde las cornisas hasta el suelo para colarse con sigilo en las alcantarillas. Cuán distinto de nuestro barrio cuando el sol nos acunaba en su cénit, tórrido, seco, recalentando la polución de semanas invariables que se agolpaba en las pestañas, en la comisura de los labios, en la garganta... Sentía en esa hora la asfixia inacabable del suburbio, la que nos derrotaba el alma y nos dejaba atónitos, febrosos, sin fuerzas, pero nunca desistí de la huida cotidiana de un margen a otro de las aguas buscando el respiro, la bocanada dulce de aire de cristal. Atrás quedaban los amplios descampados y los numerosos escombros amontonados más allá de los gigantescos edificios, aquellos que alentaban brevemente el alba con las mil luces de sus ventanas iguales. Las calles mojadas, quizás, harían que brotasen de nuevo nuestras esperanzas, pero el chirrido del autobús, al frenar bruscamente en la parada, fue tan molesto como siempre. La puerta se abrió una vez más, y esta vez sí era ella, empapada por esa lluvia que ya se hacía cruel. No dejó de mirar al suelo mientras se acercaba sin mucha decisión y, una vez que estuvo frente a mí, evitó con torpeza darme un beso de bienvenida. Parecía temerosa, incapaz de enfrentarse a mis ojos, y ni siquiera aprisionó su cuerpo entre la silla y la mesa al sentarse, tal y como solía hacer siempre. Yo no sabía cómo reaccionar y mi sorpresa fue en aumento cuando rechazó contestar a mis preguntas con un gesto vacío, sin ningún significado. Su mirada buscó con ahínco el ventanal, casi con desesperación, y allí, a lo lejos, entre el intenso tráfico, parecía querer encontrar una respuesta. Sin embargo, al volverse otra vez hacia mí, una mueca de dolor ardió en sus labios rojos mientras estrechaba con más fuerza sus brazos cruzados sobre la mesa, con crispación. Sus lágrimas llegaron lentamente, hiriendo el rostro, y las gotas de lluvia se deslizaron una y otra vez desde su pelo rubio, completamente empapado, hasta la elegante cazadora que ni siquiera había intentado quitarse. Entonces entendí por qué aun la llevaba puesta, por qué había desaparecido su sonrisa, su aliento entrecortado en mis sienes cuando se unieron nuestros cuerpos en esa primera vez, con fuerza, y las gotas de sudor resbalaron por nuestra piel porque la noche era sofocante, sin un soplo de aire que aliviara el asfalto. Fue inútil la pasión, el calor de sus labios, la humedad en su boca y entre sus piernas, rodeándome, y sus manos rasgando mi espalda hasta el delirio del estallido del amor. Ya no importaba el respiro, la hermosa blusa de seda, la ondulación de su cuerpo sobre la cama, el humo del cigarrillo... Quedaban solo sus ojos verdes que parecían perderse en la humeante taza de té, sin hablar, sin darme ninguna explicación. Un vacío cada vez mayor se iba interponiendo entre nosotros, alejándonos, y ni tan solo intenté un reproche o unas palabras de resentimiento porque ya nada iba a ser como antes. Ella sabía que las lágrimas no eran suficiente, que la lluvia se repetiría siempre, pero no iba a volverse atrás, desafiante, a pesar de que sus manos rasgaban nerviosamente el pelo lacio y mojado, una y otra vez, y del ligero temblor de sus piernas bajo la mesa. Cuando se marchó, las gotas de agua estallaron con más fuerza contra el ventanal y, afuera, el rojo de los semáforos se multiplicaba y hacía más nítido, más intenso, como la náusea de la impotencia que pugnaba feroz en mi estómago.
 

 

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